¿Para dónde va la política salteña?
Pero no apunto a hechos de coyuntura y ni siquiera a prospectivas electorales mirando hacia el 2009 o el 2011.Muchísimo menos a hablar de Cristina, Kirchner, urtubey o Romero.
Me refiero a algo mucho más, si se quiere, trascendente y estructural: ¿cuáles son los campos para la acción política en la provincia de Salta del futuro cercano? Y me detengo y resalto bien adrede que nos referimos a la “acción política” concreta y no a sus análisis u opiniones.
O lo que es lo mismo: interrogarse sobre esto poniéndose en el lugar del militante, el cuadro o el dirigente –sin importar, para el caso, partido o corriente ideológica- y no en el de analista “independiente” o politólogo y muchísimo menos en el de periodista. Vamos… si ustedes quieren un análisis de la “praxis”.
Hay que asumir tal cual la existencia de la cosa. Asumir que, más allá que hemos postulado como un signo positivo del actual gobierno cierta recuperación de la esfera política en el marco de lo público, la actividad política sigue siendo mirada con desconfianza o directamente desprecio por amplísimas franjas de nuestros compatriotas.
Nos debemos de dar cuenta de la inexistencia de ámbitos orgánicos de participación, formación y debate. Y ésta inexistencia es tanto un efecto de lo anterior como de dirigencias que parecieran no necesitar, para su constitución como tales, de estructuras orgánicas partidarias (o movimientistas) funcionando. La sensación es algo así como: “no me jodan con los armados, si diez minutos de tele son diez LunaParks y 200 congresos partidarios”. Y esto vale para todos: el romerismo, el macrismo y, claro que sí, el coalicivismo. ¿Para qué cambiar si así nos va bien? deben preguntarse a solas con sus almohadas estos dirigentes.
Es nuestra obligacion preguntarnos si este esquema es sostenible en el tiempo. Y aquí algo que no será del agrado de los oídos “militantosos”: absolutamente sí. La tendencia es mundial y creciente: despolitización social, creciente influencia de los medios masivos en la constitución de corrientes de opiniones fluctuantes e hipercoyunturales, por citar dos ejemplos sencillos.
Entonces: dos hipótesis controversiales y, quizás, hasta contradictorias:
A futuro vemos una cada vez mayor escisión, ¿autonomización?, ¿brecha?, entre la opinión pública y las mayorías, incluso las electorales. Así que sí, está bien: damos cuenta de “lo mediático” y nos preparamos para esa desigual batalla.
Y, sin embargo, en forma paralela aunque mucho más “silenciosa”, nos ofrece suficientes signos de una progresiva “territorialización”, refiriéndome como tal a la emergencia de sistemas políticos exitosos a nivel local más allá de sus encuadramientos nacionales (por cierto: no puede explicarse éste fenómeno recurriendo exclusivamente al caudillismo –que lo hay- ni al manejo circunstancial de los poderes ejecutivos locales, pues no habría habido derrotas de los quindimiles o de los rosas).
¿Sirve de algo preguntarse estas cosas? ¿A alguien le importa?
Creo que no a muchos le interesan estas cosas, Seria bueno armar un Ministerio de Comunicación y Municipios.
La política progresa en territorios donde hay problemas que pueden resolverse por ella misma, y donde haya gente en contacto directo con esos problemas. La resolución positiva lleva a la consolidación de la poítica como método y por ende al fortalecimiento de las fuerzas locales.
Cercano a cuando la gente se ve a sí misma o a su dirigencia, disociada de los problemas (esto es, verlos incapaces de resolverlos), habrá desencanto de la política como herramienta.
Son procesos paralelos, simultáneos, y como tales, gracias a la generosidad de nuestro federalismo, a veces, y, no se tocan…
En el último cuarto de siglo la manera de “hacer política” cambió muchísimo. Desde aquellos intentos por ganarse la confianza vecinal abriendo locales partidarios donde se hacía “apoyo escolar” y “consultas jurídicas gratuitas” hasta hoy existen muchísimas diferencias. Diferencias que, creo, hacen a la cuestión de tus preguntas.
Una diferencia es que la última dictadura nos amuchó, nos abroqueló del lado de la política porque del otro lado estaba la muerte.
Otra diferencia era que sabíamos lo que no queríamos, y en eso estábamos todos de acuerdo.
Por otro lado, necesitábamos salir, tomar la calle, poner el grito del “Nunca más” en el cielo.
Estábamos tan ocupados en eso que no nos dábamos cuenta que el poder real, ése que se maneja vaya a saber dónde, seguía tejiendo su trama y colocando a sus hombres y sus mujeres en donde se oprimen los botones de la decisión. Así, por ejemplo, al lado de un Alfonsín con una fuerte carga simbólica de democracia, colocaron a un oscuro Víctor Martínez.
Pero máS allá de estos personajes, esta etapa y su consiguiente forma de hacer política tuvo su primera evidencia en la conclusión del trabajo de la CONADEP. Allí, el inefable Ernesto Sábato, hombre proclive a ocupar siempre santos lugares, refrendó el ominoso prólogo al “Nunca más” con la teoría de los dos demonios.
Por supuesto que en el medio de todo esto tuvimos las rebeliones carapintadas que sacaron el pueblo a la calle hasta que Alfonsín dio sus felices pascuas y nos volvimos todos a nuestras casas.
Llegamos a los ‘90 desencantados o desesperanzados. Ya no nos amuchábamos en la calle y no nos sorprendió demasiado que Menem nombre ministro de Economía a un Bunge y Born auténtico. Ya para ese entonces, los locales partidarios aún conservaban sus carteles y sus nombres pero las maestras y los abogados comenzaban a escasear.
La política se mudó a la televisión, donde Grondona y Neustadt eran, más o menos los Tinelli y los Rial de ahora. Y todo se empezó a mediatizar. Un político medía si aparecía en Hora clave o Tiempo Nuevo. Y, por supuesto, ese tiempo de aire se empezó a mercantilizar. El colmo de todo esto fue, quizás, cuando Neustad vendió junto al hoy presidente del Banco Central, Martín Redrado, acciones de Telefónica o cuando el presidente Menem reemplazó a Bernie en un programa.
Eso, repercutió en la gente y, por supuesto, fue transformando la manera de hacer política. Los locales políticos iban agonizando, perdían sus carteles, cambiaban sus nombres y cerraban en la medida en que los contratos de alquiler se vencían. Mientras, la gente se quedaba en sus casas porque ya la paranoia de la inseguridad estaba haciendo lo suyo.
Y siempre intuí que todo este proceso (valga ese nombre) nos arrojó a este presente donde la política quedó desactivada y sin necesidad de prohibirla. El escepticismo, la indiferencia, la brecha entre la opinión pública y la opinión popular fue el caldo gordo donde flotaron los que nunca desaparecen del poder. Pero también fue el contexto favorable para que se consolide la entente de empresas, medios de difusión pasivas y políticos.
Recuerdo un artículo hace unos años de Juan Manuel Abal Medina, que se llamaba “Crisis, transformación y nuevos partidos políticos”, publicado en el ‘99 sobre el caso del Frepaso. El argumento dice, grosso modo, que la progresiva difuminación de los cierres sociales (que no quiere decir aumento de la movilidad interclase, sino desaparición o invisiblización de los mecanismos explícitos que la regulaban, ojo) y la movilización en torno a cuestiones transversales a las orientaciones políticas clásicas (la raza, la sexualidad, etc.) hacen que las bases para la movilización se reduzcan; concomitantemente, los líderes políticos que disponen de recursos organizativos y financieros gozan de mayor autonomía respecto de los comités y agrupaciones básicas, con lo que tiene lugar esa desconexión que da lugar a la brecha entre A y B: como no hay ideología que articule, salvo que haya una cuestión concreta y local que permita el modelo B de funcionamiento, nos quedamos en pelotas para elegir entre lo que los medios ofrecen.
Obviamente, hay que preguntarse hasta qué punto esto no se apoya en una variante más de la tesis del fin de las ideologías, consabidamente ideológica, pero no es un tema menor.
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